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La Mosquera. 12 de febrero de 2012
En aquella marcha “Radio macuto” iba informando de todo cuanto la electrónica ponía a su alcance a modo de datos numéricos. No en vano, su vocero, portaba sobre el pecho un GPS al que le había añadido por vez primera un reloj con altímetro, barómetro y termómetro. Convertido en un símil de estación meteorológica con piernas, el vocero, iba “radiando” la información. Así pues se fue sabiendo en todo momento, posición, altura, desnivel, distancia y temperatura. Precisamente esta es la que más dio que hablar.
Bajar del coche, poner pie en Aín y con él, el primero de los datos a modo de comentario en voz alta:
-Estamos a dos grados, ¡Joder! ¿No se supone que estamos en plena ola de frío polar?, ¿dónde queda el frío de verdad?
A pesar de la poca contundencia del frío mañanero, todos se abrigaron más que menos y comenzaron a caminar. Apenas un quilómetro andado:
-¡Mier…! Esto está subiendo, ya estamos a tres, olvidémonos del hielo, olvidémonos de encontrar pingüinos…
No pasaban aún del segundo quilómetro cuando, para disgusto del “hombre del tiempo”, que para entonces había perdido toda esperanza de hallar algún carámbano fotogénico, se alcanzaron los cinco grados en la electrónica de aquel reloj meteorológico. Pero entonces, inesperadamente, alguien señaló otro tipo de marcador. Se trataba de algo realmente avanzado, más fidedigno que invento electrónico alguno. ¡Se trataba de un marcador químico! En otras circunstancias la mecánica de aquel “sofisticado” aparato servía para aportar agua al demandante de la misma. El agua salía de una bolsa situada en el interior de la mochila, viajaba al exterior por un tubito de goma hasta una boquilla, y de esta al interior de una boca solícita…
-Mirad, mirad, se me ha congelado el agua y de aquí no sale ni gota, no puedo beber.
-¡Ostras, es verdad, a mí también se me ha congelado…!
Una incipiente sonrisa comenzaba a dibujarse en la helada cara del señor de los datos, y del walkie, el reloj, la cámara y… las gafas por graduar, pues sólo entonces, y gracias al indicador químico de aquella muchacha, reconoció en el reloj, junto al número cinco, una rayita horizontal que venía a significar el tan ansiado “bajo cero”.
Bajo cero, bajo la mirada recelosa de algunos cazadores que se apostaban al acecho del jabalí, continuaron los senderistas camino del Mas de la Mosquera. Pasado el collado de Peñas Blancas, se iniciaba el descenso hacia “territorio carrasca” donde las encinas son tan grandes como el más grande de los abrazos que se les pueda dar. Se las abrazó y se las saludó como auténticas reinas del lugar, de un lugar presidido por la aún contundente masía de la Mosquera. Apartados de su sombra se dispusieron los preparativos de un almuerzo concluido con una magnífica coca de naranja y unos trozos de “rosegó” digno de ser devorado hasta la última de sus migas. Después fue el turno para el café tocado, o sin tocar, y para el chocolate que a alguno privó de una excesiva sonrisa a la hora de la foto de grupo, no fuera que un diente apareciera en ella “chocolatinizado” y desgraciara sonrisa, foto y vanidad.
Arriada la bandera del CEB, se abandonó el valle, para adentrarse en el fondo de otro, donde el barranco de Almanzor discurre exangüe. Allá, la voz del que conoce la sierra, en menos de dos minutos, contó la historia de la doncella raptada y puesta en libertad a cambio de mostrar al sediento moro, donde podría beber él y sus tropas. Regresada la muchacha a su hogar, los agradecidos habitantes llamaron a la fuente y al barranco tal cual hoy son conocidos. Remontando el Almanzor, se llegó al collado de la Ibola, donde no hubo conocedor de la sierra que explicase aquel curioso nombre. Del collado, y a unos doce grados, sobre cero esta vez, comenzó el descenso final que pasando por el castillo de Aín llevó al grupo a disfrutar del caluroso bar de la localidad, donde la magnífica estufa de leña que lo habita, dio más calor a los cuerpos que el vino a las gargantas.
¡Che que bo!
Ver: Imágenes del día
Pico Cullera. 29 de enero de 2012
Comenzó la cuenta atrás en el número de inscritos, poco tiempo después de que ésta quedara establecida en veintiséis participantes. Y el caso es que en la reunión previa se informó muy bien de lo que le vendría encima a quien se atreviera con el “Cullera”. Algunos, con acierto, se echaron atrás en ese primer momento, otro más “valiente”, llegó a decir que él subía con zapatos a ese pico, que ya lo había hecho en una ocasión. A la hora de la verdad nadie le vio a él ni a sus zapatos, porque a la hora de la verdad fuimos catorce los que nos atrevimos con el pico en cuestión, catorce los que no paramos de subir y subir y subir, los que nos enfrentamos al frío y constante vendaval allá en la altura, y los que disfrutamos de un cielo diáfano que nos permitió un careo, un tú a tú, con distantes parajes que desde allá arriban parecían al alcance de la mano.
Ver: Imágenes del día
Azuebar – La Mosquera. 14 de octubre de 2007
Domingo 14 de octubre de 2007. Pocos fuimos los que decidimos afrontar esta segunda salida del Centro Excursionista llevada a cabo entre los términos de Azuebar y Almedijar. Quienes fuimos, nueve individuos que no saben dormir un domingo por la mañana, nos pudimos deleitar caminando en una de las zonas más tupidas de alcornoques de la Sierra de Espadán y también de España, según se hizo constar en algún comentario vertido al respecto.
Habiendo salvado con los coches unos cuantos kilómetros de pista asfaltada, pista que salía de Azuebar, llegamos a la parte de la misma en que el pavimento se convertía en tierra, allí quedaron los coches y desde allí comenzó el paseo de la jornada. Sin ninguna prisa, tal sería el denominador común durante todo el día, nos adentramos por un magnifico valle que en su tramo final está presidido por el Mas de la Mosquera, flanqueado éste a su vez, por un numerosísimo arbolado de sureres. ¡Cuánto corteza despegada, cuánto corcho, cuánto tapón, cuánta botella, cuánto vino, cuánto dipsómano!
Subir, un verbo que se hace realidad subiendo por ejemplo la cuesta que tanto costó, y más si te desorientas apenas comenzar y tienes que descender para volver a ganar en altura. Iba esta subida desde la Mosquera hasta el collado de Peñas Blancas, y aunque el ritmo fue comedido y la distancia corta, hubo que sortear a un puñado de avispadas avispas que puso en jaque a alguno de los primeros de la fila, comprendiendo entonces los rezagados las bonanzas de la cola… (Entiéndase, ir el último)
¡El monte es de todos! También de los cazadores, que allí estaban escopeta al hombro esperando a algún incauto Jabalí. No hubo tiros, mala jornada para ellos, buena para nosotros y los gorrinos de monte.
Fuerte descenso fuerte subida y ya estábamos en el alto del Cerro Gordo, de allí en pronunciada bajada hasta el collado de la Ibola o puerto de Almedijar para los ciclistas, bajada que continuó hasta situarnos en el inicio del barranco de Almanzor, evitando así el tener que caminar por la carretera varios kilómetros. Entre una gran frondosidad y vadeando el escaso caudal, descubrimos algún que otro árbol monumental y la fuente que lleva el nombre del barranco.
Ganar la carretera desde la fuente, con agua pero sin caño, resultó bastante exigente para todos. Pero muy pronto pasaría el mal trago de este escueto ascenso que saliendo a la carretera nos serviría para tomar una pista en dirección al Mas de la Mosquera. Actualmente este antiguo e inusual caserón de montaña, de aspecto contundente, se encuentra próximo a la ruina. Afortunadamente aún conserva el techo, lo que alargará por poco tiempo su agónico deterioro si alguna institución o particular adinerado no lo remedian. En su expoliado interior se aprecian detalles y distribuciones inusuales para una simple casa de campo.
Después de haber comido al amparo del señorial caserón, y habiéndonos hecho la foto de rigor, y otra menos rigurosa y censurable… pasamos por la fuente de la Mosquera en donde sí había caño para rellenar botellas. A partir de aquí el camino de vuelta a los coches era el inverso al que habíamos emprendido al iniciar nuestro día.
De la pista a los coches y de los coches, unos a casa y otros ¡ojo peligro de cronicidad! a por la rica y refrescante cervecita…
¡Hasta la próxima, no faltes, que no te lo tengamos que contar!
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