Entradas con la etiqueta ‘Ayodar’

Ayódar. 13 de noviembre de 2011

No sólo había llovido el día de antes, también la noche que pasó dejó su rastro húmedo en la carretera, aún con ello una decena aproximada de vehículos llegaron a Ayódar aquella mañana con promesa de más agua. Los cuarenta y dos asistentes no parecieron barajar aquella posibilidad, ¡cómo explicar si no la masiva afluencia de senderistas!, eran tantos que los ojos de los lugareños, no daban crédito al desfile de aquellos porteadores empeñados en disfrutar de la montaña; Aquellas laderas que para ellos significaban trabajo y sudor, ahora quedaban en asueto para los foráneos de fin de semana.

Cual desembarco, en tropel, comenzó el desfile hacia el Cerro de la Mola. Fue comenzar y fue llover. Como en viacrucis pascual, a cada llovizna, le seguía a modo de estación, el despliegue de chubasqueros de diferentes diseños, colores y formas para un único fin. Y era plastificarse, y era dejar de llover. ¿Se cansaría el cielo?, no. ¿Se cansarían los senderistas?, tampoco. Jugando pues al pilla-pilla, y de camino al cerro, se toparon con un pino “quíntuplemente mutado”, una vez por cada una de las ramas que de su tronco central salían, al azar, en busca de un espacio propio. Allá que se aposentaron los senderistas, comieron, bebieron y se hicieron la foto bajo el curioso árbol, y quedó este solitario cuando partieron hacia el observatorio de la Mola, observando lo translúcido de las nubes y poco más. Aún con todo, el agua llovida dio más color a los colores y el monte puso olor a la humedad. Y los sentidos se regocijaron… Y fue bonito.

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Ayódar. 10 de abril de 2011

Don “Vericuetos” nos llevó por la senda Sinuosa, por la que lo era menos, por la que subía y la que bajaba; la de asfalto, la de tierra y la flanqueada por árboles tumbados que dando tumbos se cruzaban. Y pese a ser más de treinta los que fuimos, pese a lo estirado de la fila, y a que algunos volvían al senderismo después de mucha pasividad, nadie perdió pie, ni paso, ni cámara, ni llaves… Un día hablaremos de este otro clásico del senderismo ¡donde están las llaves, cariño!

Da para mucho esto del senderismo, tanto como para aprender a diferenciar una piña de una bellota, por su sabor, claro; un jabalí de una codorniz, porque la una vuela y el otro, en según qué condiciones, hace que vueles tú. Un sinfín de conceptos que con más o menos habilidad e inteligencia son asimilados, te puedes llevar a casa junto con el polvo del camino. Yo por ejemplo supe de las diferentes pieles con las que se cosen algunos trajes, siendo la del “Cordero español” muy apreciada por su maleabilidad y por su menor rigidez en comparación a otras; ideal para la fabricación de pantalones. Entre mata y matojo, recibí un cursillo acelerado de cocina al microondas con tupperware, para luego adentrarme en el mundo de los chakras. Al tiempo, con tanta información que asimilar me despisté, y más tarde ya no tenía claro si aquello de la chakra se trataba del lugar donde croan las ranas o de algún enigma energético adosado a nuestro ser…

Como te digo, siempre se aprende algo, aunque a veces de forma un tanto traumática. Tal fue la experiencia de quienes nos quedamos a comer una paella magníficamente mesurada. Entiéndase por mesura al reparto ajustado de granitos de arroz en torno a algún casual trozo de carne. Aún deben resonar el rechinar de dientes de algunos de los comensales atiborrándose más de aire que de otra cosa. El concepto aprendido fue el de escasez, que a partir de ahora quedará definido como “Aquella comida que yaciendo en un adornado plato, permite ver con todo detalle el dibujo de su fondo”. Eso sí, para mitigar la desdicha y camuflar la hambruna general, corrieron unas cuantas rondas de vino cabezón a la salud de los presentes, del guía y del buen ambiente del Centro Excursionista de Burriana. ¡Por siempre!

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Ayodar. 17 de enero de 2010

No queráis saber por dónde exactamente trascurrió este caminar, pues no lo sé. No me pidáis que os cuente con pelos y señales cuanto aconteció, pues ni mi vista ni mi oído alcanzaron lo suficiente como para dar testimonio de todo lo que fue. Así pues me aventuro a contar que aconteció en Ayodar, que no hacía frio y que…

Bastante tiempo atrás ya se había trabajado sobre la ruta a seguir, todo estaba bien pergeñado, pero no quisieron los vientos que tal como lo previsto trascurriera el evento. Un pino y otro y otro, no se sabe si de uno en uno o todos a la vez, ocuparon en disposición horizontal lo que había de ser transitado por los erguidos homínidos senderistas. No tuvieron éstos que vérselas con tanto pino supino, pues escogiendo entre desbrozar medio monte o variar la ruta, los avispados organizadores, para no mosquear a nadie, optaron por la segunda de las opciones; y estuvo bien, muy bien…

Y en la ruta: treinta participantes, Campanario, torre, senda, pista, musgo, rio, agua, resvalón², risas (no por el resbalón² por supuesto), pantalones mojados, más risas (no por la victima, por dios) otra vez torre, otra vez rio…

Y en su final: Cerveza, poleo, vino afrutado, fotos, refrescos, algún cigarrillo, quedada para la siguiente actividad… y todo ello en el sempiterno y bienaventurado bar y/o restaurante que da de beber al sediento y de comer al hambriento. ¡Venditos sean!

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Ayódar. 30 de septiembre de 2007

Siempre se aprenden cosas, vivir es aprender, y si no que se lo digan a aquellos que pudieron escuchar de boca de un “senderista de elite” un tal M.B.V. la explicación del nombre que recibía una de las sendas por la cual íbamos a transitar, a saber: Senda de los Azagadores.

“…Cuando todavía la India y sus indios no se habían descubierto, y por lo tanto eso de ir en fila india no recibía ese nombre; al caminar uno detrás de otro en fila continuada, se le llamaba ir a la zaga…”

En Ayodar a 30 de septiembre de 2007, la gente del CEB retomamos nuestro encuentro con la senda de los Azagadores y otras muchas de menor entidad cultural. Unas tres horas y media de continuos y suaves desniveles fueron suficientes para testar piernas, botas y rodillas, junto con alguna que otra articulación que hasta ese crac, clic o cloc, pasaba por inexistente. No consta que fuera mucha la fatiga acumulada en esta ocasión por los presentes, eso era además lo previsto por los organizadores, Manuel y José Buchardó.

Olivos, pinos, corrales ruinosos de intactas arcadas, algún que otro bichito, un escueto manantial de la Peña, la torre Mocha, una fuente Larga, sendas marcadas, pistas y despistes, fueron el argumento sobre el que actuamos enfocados por un veraniego sol de San Martín e innumerables cámaras que aguardaban nuestro transcurrir. Actores de siempre con alguna que otra nueva incorporación, estrellas que prometen y otras consumadas aún sin consumir desarrollaron su guión perfectamente dirigidos.

La acción concluyó, como no, sorbiendo cervecitas frescas, a la zaga todas ellas sobre la barra de un bar.

¡Salud y buen comienzo compañeros del CEB!

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