Author Archives: BurrianaPL

Vallibona. 11 de marzo de 2012


La “penica” es que esté tan lejos, a innumerables curvas de la Plana. A veintidós kilómetros de Morella, la carretera se desvía y se retuerce durante otros dieciséis. Estrecha y de mal firme en su arranque, mejora en todo a medida que se acerca a Vallibona. Imperturbables los coches al balanceo de las curvas, no ocurre lo mismo con quienes los ocupan; por contra son éstos, los perjudicados por el zigzag continuo, los que más se alegran cuando llegan a destino. Se puede decir por ello que al menos una persona se alegró lo indecible al llegar a aquel bonito y recóndito rincón del Maestrazgo. El resto lo fuimos haciendo a medida que comenzábamos aquel paseo de veinte quilómetros.

A los que nos gusta el maridaje entre la roca pura y los árboles de toda clase, aquella degustación nos sedujo de principio a fin, tanto con los entrantes como durante el primero y el segundo de los platos paisajísticos que el chef fue colocándonos delante. Por no hablar de los diferentes aliños faunísticos que, a modo de vacas, corderitos y diferentes clases de animales voladores, hicieron más sabrosa aquella cata. Que si una tapita de “Mas de l´Escala”, otra de “Carrasca de Pere tronchada”, un primer plato de “Mirador sobre el rio de les Corces” y un segundo y exquisito, servido en bandeja de hojarasca “Font de la Donzella”; aderezado con alguna carrasca monumental, musgo en abundancia y una apretadísima concentración de estiradas encinas buscando su cuota de luz solar… ¡Y qué decir del postre! “Mousse de molí de Rico” bañado en “Fondué de Font de la Canaleta”. Delicioso, todo resultó delicioso, incluida la otra repostería, que si “Rosegó” que si “Palmeritas”… Todo a pedir de boca, también cómo no, la copa final servida en la terracita del hostal restaurante de Vallibona. ¡Salud!

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El Puntal. 26 de febrero de 2012


A poco más de las ocho de la mañana, ya cada cual se había montado en un coche dirección la Vall. Era previsible que aquel día el frío intenso quedara relegado a las cámaras frigoríficas, dejando para aquellos que no lo éramos, un frescor matutino fácil de soportar sin necesidad de acolchados especiales ni espumas aislantes, más aún si se considera que el camino a seguir iba en continua ascensión. Tal fue así que pronto hicieron aparición las primeras mangas cortas de la colección CEB 2012, también los nuevos parasoles que a modo de gorros adornaban o no, algunas de las cabezas que se dieron cita en aquellas montañas dirección al Puntal. Aquel Puntal, al punto, apuntó a la confusión, creyendo la mayoría que se trataba del que pertenece al término de la Vilavella, sin saber, la mayoría, que a éste se le llama pico “Font de Cabres”.

Pasando por la fuente de “L´Anoueret” y tomando de sus aguas no potables, se continuó con una ascensión que puso a cada cual en su lugar, a saber: al que encabezaba se le llamó primero, en clara contraposición al que se llamó último, por ser este el que andaba siempre por la parte de atrás. El uno, el otro y los que quedaron interpuestos, se fueron acercando a la cima del Puntal desde la que se vislumbró por vez primera y de forma repentina, toda la plana de Castellón, con sus naranjos, humos, urbes, montañas circundantes, pedrera al puerto de Burriana, barquitos junto a él y junto al de Castellón…

Y puesto que todo lo que sube, suele bajar, excepción hecha del paro y los impuestos, nosotros hicimos lo propio de regreso a los coches. Pero antes hubo que reponer fuerzas aprovechando el abrigo de una casa en ruinas y de un improvisado comedor que alguien había dispuesto gentilmente. Sobre su mesa, también de manera gentil, se dispusieron vinos, cafés y chocolates, para después del almuerzo, seguir camino en dirección al alto de Mondragón y desde este, en continua y definitiva bajada, llegar nuevamente a La Vall d´Uixò.

Y en los huesos: 13 kilómetros, 644 metros acumulados en ascenso, pendientes al 28% y cuatro horas de ruta. Y en las tripas: cervecita, paella, empedrao y choricitos con “all i oli”…

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La Mosquera. 12 de febrero de 2012


En aquella marcha “Radio macuto” iba informando de todo cuanto la electrónica ponía a su alcance a modo de datos numéricos. No en vano, su vocero, portaba sobre el pecho un GPS al que le había añadido por vez primera un reloj con altímetro, barómetro y termómetro. Convertido en un símil de estación meteorológica con piernas, el vocero, iba “radiando” la información. Así pues se fue sabiendo en todo momento, posición, altura, desnivel, distancia y temperatura. Precisamente esta es la que más dio que hablar.

Bajar del coche, poner pie en Aín y con él, el primero de los datos a modo de comentario en voz alta:

-Estamos a dos grados, ¡Joder! ¿No se supone que estamos en plena ola de frío polar?, ¿dónde queda el frío de verdad?

A pesar de la poca contundencia del frío mañanero, todos se abrigaron más que menos y comenzaron a caminar. Apenas un quilómetro andado:

-¡Mier…! Esto está subiendo, ya estamos a tres, olvidémonos del hielo, olvidémonos de encontrar pingüinos…

No pasaban aún del segundo quilómetro cuando, para disgusto del “hombre del tiempo”, que para entonces había perdido toda esperanza de hallar algún carámbano fotogénico, se alcanzaron los cinco grados en la electrónica de aquel reloj meteorológico. Pero entonces, inesperadamente, alguien señaló otro tipo de marcador. Se trataba de algo realmente avanzado, más fidedigno que invento electrónico alguno. ¡Se trataba de un marcador químico! En otras circunstancias la mecánica de aquel “sofisticado” aparato servía para aportar agua al demandante de la misma. El agua salía de una bolsa situada en el interior de la mochila, viajaba al exterior por un tubito de goma hasta una boquilla, y de esta al interior de una boca solícita…

-Mirad, mirad, se me ha congelado el agua y de aquí no sale ni gota, no puedo beber.
-¡Ostras, es verdad, a mí también se me ha congelado…!

Una incipiente sonrisa comenzaba a dibujarse en la helada cara del señor de los datos, y del walkie, el reloj, la cámara y… las gafas por graduar, pues sólo entonces, y gracias al indicador químico de aquella muchacha, reconoció en el reloj, junto al número cinco, una rayita horizontal que venía a significar el tan ansiado “bajo cero”.

Bajo cero, bajo la mirada recelosa de algunos cazadores que se apostaban al acecho del jabalí, continuaron los senderistas camino del Mas de la Mosquera. Pasado el collado de Peñas Blancas, se iniciaba el descenso hacia “territorio carrasca” donde las encinas son tan grandes como el más grande de los abrazos que se les pueda dar. Se las abrazó y se las saludó como auténticas reinas del lugar, de un lugar presidido por la aún contundente masía de la Mosquera. Apartados de su sombra se dispusieron los preparativos de un almuerzo concluido con una magnífica coca de naranja y unos trozos de “rosegó” digno de ser devorado hasta la última de sus migas. Después fue el turno para el café tocado, o sin tocar, y para el chocolate que a alguno privó de una excesiva sonrisa a la hora de la foto de grupo, no fuera que un diente apareciera en ella “chocolatinizado” y desgraciara sonrisa, foto y vanidad.

Arriada la bandera del CEB, se abandonó el valle, para adentrarse en el fondo de otro, donde el barranco de Almanzor discurre exangüe. Allá, la voz del que conoce la sierra, en menos de dos minutos, contó la historia de la doncella raptada y puesta en libertad a cambio de mostrar al sediento moro, donde podría beber él y sus tropas. Regresada la muchacha a su hogar, los agradecidos habitantes llamaron a la fuente y al barranco tal cual hoy son conocidos. Remontando el Almanzor, se llegó al collado de la Ibola, donde no hubo conocedor de la sierra que explicase aquel curioso nombre. Del collado, y a unos doce grados, sobre cero esta vez, comenzó el descenso final que pasando por el castillo de Aín llevó al grupo a disfrutar del caluroso bar de la localidad, donde la magnífica estufa de leña que lo habita, dio más calor a los cuerpos que el vino a las gargantas.

¡Che que bo!

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Pico Cullera. 29 de enero de 2012

Comenzó la cuenta atrás en el número de inscritos, poco tiempo después de que ésta quedara establecida en veintiséis participantes. Y el caso es que en la reunión previa se informó muy bien de lo que le vendría encima a quien se atreviera con el “Cullera”. Algunos, con acierto, se echaron atrás en ese primer momento, otro más “valiente”, llegó a decir que él subía con zapatos a ese pico, que ya lo había hecho en una ocasión. A la hora de la verdad nadie le vio a él ni a sus zapatos, porque a la hora de la verdad fuimos catorce los que nos atrevimos con el pico en cuestión, catorce los que no paramos de subir y subir y subir, los que nos enfrentamos al frío y constante vendaval allá en la altura, y los que disfrutamos de un cielo diáfano que nos permitió un careo, un tú a tú, con distantes parajes que desde allá arriban parecían al alcance de la mano.

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