Archivo de abril 2010

Subida al Pipa, Vall d´Uixó. 30 de mayo de 2010

-¡Ah! ¿Quién tiene la luz?… ¡luz por favor, algo me está tocando!

-¡Ya voy, ya voy!

A pesar de encontrarse en la parte subterránea de una vieja trinchera, la situación no era de guerra. El equipamiento del grupo escasísimo en aquél lance, tampoco era el adecuado para adentrarse en el “centro de la tierra”, linternas pocas, protección ninguna. ¿Qué se podrían encontrar? Pronto comenzarían a saberlo, justo cuando fueran engullidos por aquella oscuridad se darían cuenta de dónde se habían metido.

-¡Tranquilidad no hay que ponerse nerviosos!

-¡Ah, mosquitos son mosquitos… aaah! ¡Vámonos de aquí, salgamos de esta mierda de agujero, tengo pánico a los insectos!

Realmente la muchacha estaba alterada en aquel ambiente reducido y oscuro, a la persecución sometida por varios insectos voladores, había que sumar las “caricias” en la oscuridad que propinaban sin demasiado mimo, las raíces de árboles que colgaban del techo. Sin luz y con una histeria yendo a mayores, los roces representaban para aquella imaginación desbordada y acongojada, la bandada de mosquitos más despiadados que jamás poblaron la faz terrestre… Quién le iba a hacer ver, sin linterna además, que no estábamos en la faz, sino en la hipodermis de la tierra ¡luego era imposible que fueran mosquitos asesinos de Dios sabe que selva tropical!…

De cuando en cuando las apocadas luces de las dos “luminarias” que portaban, indicaban el camino a seguir o el objeto a esquivar. El ocasional reportero gráfico, o camarógrafo como dicen en Suramérica, disparaba el flas de su máquina para inmortalizar no se sabe bien qué, eran fotos lanzadas a la oscuridad.

-¡Y una mierda, yo por ahí no paso!… Eso está caído y hay un hueco demasiado estrecho, si me arrastro me voy a pringar de tierra y a destrozas las rodillas…

-¡Va cagao, tira palante, que ya han pasado dos!

El amarillo de su vestimenta, después de arrastrarse por aquel semiderruido suelo, lógicamente iba a cambiar de color, aún así pasó por él sin que sus rodillas quedaran esparcidas más atrás. Luego pasaron otros y dejaron para el recuerdo la primera de las pequeñas galerías que comunicaba dos puntos de una misma línea defensiva. Junto con aquel primer túnel, quedo nuevamente tranquilo un extraño morador de la oscuridad, extraño sin su charca.

-¿Has visto? mira que rana hay ahí…

-¿Eso es una rana o un sapito?

La conversación que comenzaba, referida al paralizado batracio, podría haber dado más de sí de no haber sido por la insistente petición de luz de aquellos, que más adelante o más atrás, avanzaban en busca de la luz definitiva que les recordara que todavía era de día.

El paso del tiempo, durante aquellos instantes, fue más subjetivo que nunca. Para algunos aquello fue cuestión de breves minutos, hubo quien repitió tournée, para otros fue parecido a un parto doloroso y eterno… Fuera o no eterno, lo cierto es que hubo final feliz y la madre tierra dio a luz a todos los que se adentraron en ella.

Si hubieras venido conocerías sin que yo te lo contara, el resto de lo acontecido aquel día. Espectacular caída sin excesivas consecuencias, un alto de Pipa ofreciendo buenas vistas del entorno, cervecita de rigor frente a las grutas… ¡ah! y calor, mucho calor… ¡Tendrías que haber estado allí!

Hasta pronto

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Sierra de Engalcerán. 16 de mayo de 2010

En esta ocasión comenzaré del revés, sin que ello signifique que estoy cabeza abajo…

Precisamente de esto quería hablar en un primer lance, de las cabezas cuando quedan por debajo de su nivel habitual de sustentación y/o colocación más normal. No maquine tu cerebro escabrosidad alguna, no hay sangre en esta historia. Concretando, tanto se acercó el cántaro a la fuente que…

No sabemos con certeza si primero falló la mano sobre la losa mojada, los pies sobre el húmedo suelo, o fue la gravitación universal la que se apoderó, bruscamente y sin previo aviso, del morrillo bebedor que en ese momento se acercaba cauto y sigiloso al refrescante caño. La única certeza constatada fue la de una cara semisumergida en la fresca fuente, un lamparón considerable limitado a un costado del tronco superior y un peinado entre lo pank o lo beatle después de un sudoroso concierto…

Afortunadamente la cosa no fue a mayores para el ínclito afectado. En cuanto a los asistentes involuntarios al espectáculo, se produjo en ellos tal reacción, que ni el agotado vino de aguja la hubiera conseguido. A saber, y por orden: Estupefacción, risitas, risotadas, soltura de lenguas y perplejidad…

En el fondo de sus corazones, me atrevo a decir, que todos mostraron agradecimiento a tal aporte de vitalidad y regocijo común en aquella “Font dels Solés”

¡Menuda pandilla de…!

En cuanto al resto del día transcurrió sin grandes sobresaltos. Que si unas cabritas en un corral, que si otras cabritas allá sueltas en la montaña… ¡Joder con la Vía ferrata! Uff ¿has visto el puente colgante allá arriba?… Que si unas casitas en piedra seca, una rampa cañera, otra; un largo y colorido barranco, un poblado íbero, el futuro aeropuerto, las islas columbretes… Y para acabar, aquel día fue para comenzar, el afamado “Roure Valenciá” (Quercus Valentina) reportado por el no menos famoso botánico Cavanilles.

…Y todo ello aderezado con un molesto vientecito a ocho grados de temperatura ¡Y yo con pantalones cortos, mierda!

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Vallibona. 2 de mayo de 2010

Cincuenta asientos para diecinueve culos… Evidentemente no hubo problema alguno a la hora de aposentar caderas a discreción en aquel autocar rumbo a Vallibona. Si no has estado allí, pudiera decirse de este pueblecito de interior que es de esos “dejados de la mano de Dios”. Una única carretera estrecha en sus primeros y sinuosos quilómetros, comienza a bajar hasta llegar al lecho fluvial donde se sitúa la población. Dejada la carretera y el bus, era el momento del almuerzo, unos encontraron el pequeño bar de la localidad, y a contra reloj comenzaron la ingesta de alimentos que otros, cerca de una fuente, también se apresuraban a deglutir. A penas media hora después, el grupo se puso en movimiento.

Se nos había dicho que subir sería una constante en la primera parte del trayecto hacia el santuario de la Vallivana, y no se nos mintió. Se nos dijo que ochocientos serían los metros de desnivel acumulado, y no se nos mintió. Todos nos dijimos que nos mojaría algún chubasco pendenciero y aunque por poco, nos mentimos. La subida constante, pero suave, nos dejó a los pies del Turmell, una de las cimas señeras de la comarca de “Els Ports”, y fue llegando a este punto cuando el tiempo comenzó a cambiar. Algo de viento frio y algunos nubarrones nos recibieron allá arriba, pero el encuentro no pasó de ser un efusivo saludo por parte de ambos elementos, sin llegar a más altas cotas de intimidad con los que allí estábamos.

Después de la comida, de las fotos de grupo, de los cafés y de las galletitas, de la bota de vino, del licor… en fin, después de haber acumulado el doble de calorías que habíamos consumido en el ascenso, tocaba, por aquello de causa y efecto, todo lo que sube baja… tocaba, digo, continuar camino descendente hacia nuestro final de trayecto. Para ello tuvimos que recorrer un bonito barranco de pedrera descendente, que hizo las delicias de los menos y las angustias de los más, pero pasamos por ello y seguimos. Luego topamos con un astado de cuernos puntiagudos y de rictus impertérrito… en ese momento había que decidir, sin dilación, entre acercarse a unas infestadas colmenas o enfrentarse al astado bicho, con decisión y arrojo optamos por lo segundo, sin que el animalito dijera ni mu ¡¡¡y eso que Manolo lo agarró por los cuernos!!! “Corred que huele” dijo el osado torero, cosa por otra parte del todo normal cuando de una descomposición se trata, ¿la del torero?, no hombre no, la del bicho.

Superado este escoyo junto con el de una llovizna escasa y pasajera, el santuario de la Vallivana estaba allí para darnos la bienvenida… bueno estaba allí desde hace mucho tiempo y no solo para darnos la bienvenida. Hechas las correspondientes presentaciones ¡hola santuario! ¡hola CEB! que si bla, bla, bla, que si esto que si lo otro… sorbida alguna cerveza reparadora y fotografiado el lugar, dimos por concluido nuestro periplo por aquella zona próxima a Morella. No hubo tiempo para intimar con “Valli”, sin derramamiento de lágrimas fue la despedida, fácil y favorecedora de un futuro reencuentro…

Besos y hasta pronto, bonita.

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Gaibiel. 18 de abril de 2010

La persistente lluvia que durante este año se hace notar un día sí y muy pocos no, estuvo a punto de echar abajo la primera y más sencilla de las caminatas de este segundo trimestre tras el parón pascuero.

Quien más quien menos, llegamos a pensar que caminar y mojarnos sería todo uno, hubo quien telefónicamente ya se apeó de la aventura días antes, también la víspera anterior e incluso a una hora del inicio; aún así los que quedamos, nos pusimos en marcha hacia el lugar del desarrollo de esta cómoda caminata dominical. De camino hacia Gaibiel, la carretera nos iría indicando la presencia del húmedo meteoro, que si… ”¡Aquí no ha llovido, mira que la carretera está seca!” también… “¡huy, pues ya chispea eh!” para quilómetros después… “¡joder menuda tromba está cayendo!”. Aún con todo, la comitiva automovilística continuó hasta su llegada a puerto, casi de mar.

Gaibiel, a las nueve de la mañana, amaneció mojada y tomada por nubes bajas y densas; era el momento de decidir entre prevenirnos ya contra la más que probable lluvia o seguir con la muda escogida para ambiente semiseco. Algunos se enfundaron en sus chubasqueros, de cintura para arriba unos, de cintura para abajo otros… y algunos más, optaron por “verlas llegar”

Y comenzó la marcha, y a medida que nos adentrábamos por sendas estrechas, las menos, perneras y botas cambiaban su porcentaje de humedad relativa en función del agua que absorbían del roce con la empapada vegetación. Con el cien por cien de botas empapadas por su cara exterior ¡bendito Gore-Tex! no hubo necesidad de buscar cubierta alguna para el resto del cuerpo, pues ese cielo en desplome, parecía agarrarse a una nada superior y quedar de tal manera asido, que allá abajo, aquellos que caminábamos íbamos perdiendo congoja por momentos.

Tal como estaba previsto la caminata transcurrió sin ninguna incidencia negativa. Por su suavidad y amplitud en las vías recorridas, el parloteo y el relajo se prodigaron hasta su conclusión, nuevamente en la población “Gaibiélica”.

Las próximas marchas ya no darán para tanto relajo. ¿Vendrás?

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