Javalambre. 15 de noviembre de 2009

Viento en popa a toda vela, no corta el mar, sino vuela…. ¡Hubiera volado, me atrevo a decir que el mismísimo Bajel pirata, en aquel lugar y en aquellas condiciones hubiera volado! …Pina a un lado, al otro San Juan, y allá a su frente Estambul (De haber llegado)

El organizador Josemanuel García, sin él saberlo, conseguía hacer de esta aventura y de esta ascensión, la más alta cota alcanzada por el CEB hasta la fecha. Desde Camarena de la Sierra, comenzó el camino que, calmado al principio y siguiendo el tranquilo cauce del río Camarena, iría ganando en intensidad en busca de las proximidades del refugio de Rabadá y Navarro. Tras un almuerzo más o menos contundente y generoso en líquidos más o menos espiritosos, se reanudó la marcha hacia las nuevas instalaciones de la estación de esquí; llegados a este punto, surgió un mínimo desconcierto: donde apenas dos meses antes, había una senda perfectamente marcada, existía ahora una explanada repleta de máquinas excavadoras y camiones. Habría que improvisar un camino que “al azar” nos llevara a lo más alto del lugar. Y se encontró el camino, pero no de casualidad, y se continuó remontando, pero no sin sudar, y se llegó a la cima, pero no sin despeinarse…

Viento, viento, mucho viento, fuerte viento, afortunadamente para nosotros carente de frescor. Allá arriba a los 2022 metros, escupidos por Eolo, íbamos llegando desparramados buscando el abrigo que nos brindó un monolito, que hacía las veces de monumento conmemorativo. Buscando el amparo de una de sus cuatro caras, esperamos a que la reunión de grupo fuera un hecho, al igual que la fotografía que lo plasmó. Y después nos fuimos a tomar viento, pero un poquito más abajo, donde este ya comenzaba a ser anécdota.

Aprovechando por momentos los nuevos tramos de pista esquiable, sin nieve, luego sin esquíes, improvisamos sendas de descenso para llegar nuevamente a las postrimerías del refugio de Javalambre, donde repusimos fuerzas a modo de alimentos variados. Desde allí una amable pista nos llevaría en descenso hasta la fuente de la Blanquilla. Pronto volveríamos al tramo fluvial de aquella mañana, pronto pues, al lugar de partida, Camarena. Y como viene siendo tradición, antes de abandonarla, sabe dios hasta cuando, nos adentramos en uno de sus restaurantes a degustar alguna de sus ofertas espumosas a modo de cervecitas, cuando de repente, no se sabe muy bien a santo de qué burbuja traviesa, alguien dijo. “esta ronda la pago yo”….

Y así fue, esa ronda la pagó él. GRACIAS compañero.

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