Enguera. 24 de mayo de 2009
Llegar a Enguera supuso unos cuantos kilómetros por carretera acompañados de la imperativa voz, recalcitrante a veces, que indicaba casi todos los pormenores del camino; De nombre alemán, aquel GPS nos llevó a nuestro destino primero, Enguera; y desde allí, fue otro, de nombre José Manuel el que nos guió hacia el punto y aparte para los vehículos e inicial para nuestras piernas. Algunas de las mismas optaron ya por lucirse dejando en el armario pantalones largos.
Tratábase de un altiplano de unos setecientos metros de altitud, ningún punto próximo se divisaba más arriba del mismo, la lógica y nuestro guía se pusieron de acuerdo para comenzar a caminar pista abajo, luego ésta sería senda abajo y más tarde barranco abajo…. y ya se sabe, todo lo que baja… (¿o era todo lo que asciende?) tiene que subir, sobre todo cuando dejados de la mano de Dios quedan tres coches. Así pues la segunda parte de aquella aventura prometía suspiros al por mayor, que en honor a la verdad cabe decir que no fueron ni tantos ni muchos.
No se tardó demasiado en topar con escenarios más escarpados de lo habitual, la senda nos acercó hasta la primera de las oquedades abiertas que constituían parte del cauce de aquel barranco de la Carrasca, que de haber llevado agua nos hubiera permitido disfrutar al pasar por la parte de atrás de una gran cascada; pero no fue así y gracias a ello pudimos seguir con el plan previsto ¡una cosa por otra!
Al rugido de nuestras tripas, no tuvimos otra que parar a recuperar lo que realmente no se había gastado todavía ¡cosas de la estomatología?… Siguiendo nuestro camino llegamos a puntos paisajísticos de alto interés, en especial al bordear la escarpada pared lateral del barranco del Gatillo, que sin demasiadas dificultades técnicas, gráficamente bien documentadas, fuimos sorteando hasta topar más adelante con la parsimoniosa seguridad de una pista forestal.
A pesar de la amenaza de lluvia y de lo encapotado del cielo, sobre todo a primera hora de nuestra mañana, el calor y el bochorno producido por la humedad hicieron de las suyas, en especial en la segunda parte de esta excursión, es decir, de camino a los coches siguiendo la quilométrica pista hasta dar con ellos, ella fue la “cruz” de lo que cara habían sido los barrancos al comenzar.
Acabada la bonita marcha y empeñado el estomago en volver a colmarse, hubo que darle rancho en la población de Enguera, para después a modo de postre visual, recrearnos en el conocido paraje de la Albufera de Anna donde piernas, patas, patos y patitos se confundían en tan idílico lugar… Y colorín colorado aquel caminar hubo acabado.
Ver: Imágenes del día
