Les Santes (Cabanes). 3 de junio de 2007
Mi nombre es Hércules, después de lo que hicieron conmigo aquellos desalmados, apenas me quedan redaños para contaros cómo transcurrió todo; de dónde estuve yo al principio poco puedo contar, inmovilidad y densa oscuridad fueron mis acompañantes hasta el aciago y breve instante de mi libertad. Otro misterio que dejaré para ocasiones venideras, a buen seguro que las habrá, es el de cómo supe de todos los momentos precedentes a mi acabose.
Poco podía imaginar cuan cruento iba a ser el fin de mi jornada en aquel albor del 3 de junio de 2007. Hubiera comenzado a intuir mi penar, de no haber sido por el oscuro cautiverio ¿quién no intuye sensaciones nefastas cuando observa la imagen de dos mujeres que portan en sendas bandejas, la una sus ojos, la otra sus pechos? mis ojos no vieron, el corazón en mi pecho no sintió, la paz del que ignora me acunaba…
La ermita de les Santes, a varios kilómetros de la población de Cabanes, queda enclavada en el paraje conocido como el Desierto de las palmas, de construcción en piedra de rodeno y en buen estado, es un lugar idóneo para ser visitado y conocido. Seguramente ellos, los del centro excursionista, aquellos que mas tarde me depurarían sin ninguna contemplación, escogieron este pintoresco lugar como preparación para mi triste fin. Tomaron una serpenteante pista forestal, y ganando en altura, ganaron en vistas; la rivera de Cabanes, las agujas de Santa Águeda y unas brumosas islas Columbretes, fueron deleitando su ascendente caminar. Salvados los 440 metros de desnivel hicieron cima en el alto del Bartolo que con sus 729 aún les ofreció más deleite visual. Confirmaron vía telefónica la alerta 3 que imposibilitaba la puesta en marcha de una barbacoa a su vuelta, en la ermita de les Santes, donde encerrado y envuelto seguía yo ignorante del devenir.
No por mucho tiempo iban a olvidarse de mi, intuyo ahora que alguna de aquellas viciadas mentes, ya paladeaban en si el placer de sorberme la vida. ¡Dios cuanta crueldad gratuita! otra, de rizado pelo, cual meiga que se oculta, llevaría el cuchillo con el cual aliñaría mi sufrir. Ahora se divertían, pero no olvidaban, y guiados quien sabe por que aviesa intención, comenzaron su vertiginoso, abrupto y escarpado descenso por la senda de la Valaguera dispuestos a consumar la fechoría. Les oía cerca de mí, inundaban sus gaznates ahora sedientos de agua, en la fuente adornada con la imagen de las torturadas santas, y allí urdían como aplazar mi agonía y sacrificio.
La alerta 3 por riesgo de incendio me concedió una prorroga vital. De nuevo mi oscuro cubil volvía a ponerse en marcha dirección a Burriana, la tierra de donde me sacaron, la tierra en donde me enterraron. Llegados al lugar designado, los fastos preparatorios dieron comienzo; manteles, mesas, chorizos, costillas, longanizas y cervezas, aunque escasas, pusieron en marcha a todo el grupo como jamás se había visto, la coordinación eficaz dejó preparado el que muy pronto sería mi cadalso. Acudieron incluso de otros lugares. Aun tiemblo de espanto al recordarlo, había pasado ya el tiempo de la carne a engullir, mi turno final inexorablemente se acercaba.
Me vertieron, me azucararon y ¡horror entre horrores¡ me prendieron… todos, absolutamente todos, se deleitaron en mi arder… mis restos fueron repartidos entre aquellos sedientos labios que sorbiéndome, pusieron fin a mis días…
Decidí vengarme de todos cuantos me tomaron, poseí al escribano para plasmar los hechos, y desaté lenguas que confundieron a propios y extraños. Nadie jamás de entre ellos sabrá si el coche 27 era negro o si el negro tenía 27 de largo…
¡Y es que cuando no eres más que una botella de coñac, estas cosas te pueden ocurrir!
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