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Doce grados y medio nos esperaban en Villafranca el sábado 16 de junio del presente, y junto con ellos una pertinaz lluvia que quiso acompañarnos durante buena parte de aquel primer día camino de La Estrella, santuario en donde haríamos noche; el agua iba a ser nuestro hilo conductor aquella jornada, contábamos con ella en forma de corriente fluvial pero no caída del cielo.

Tal vez en previsión del seguro desgaste añadido que supondría la presencia del liquido elemento, decidimos adentrarnos, antes que en el bosque, en un bar que seguramente guardaría en su cocina, a modo de madriguera descuidada, oscuros misterios en forma de bocadillos que muy pocos de los presentes quisieron escudriñar en busca de Dios sabe qué. Comimos, no hubo que lamentar bajas.

 
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Con mochilas y chubasqueros puestos, afrontamos decididamente los primeros metros de la ruta que nos llevaría a la cima del Picayo, previo a él, hubo que no desorientarse ante las múltiples paredes y construcciones de piedra seca, paradójicamente empapadas aquel día de lluvia, que abundaban en el altiplano antesala de la cima. A ella llegaríamos más o menos empapados y envueltos en una ligera neblina.

No conseguimos ponernos los senderistas demasiado de acuerdo con respecto a si gusta más ascender o descender durante un tiempo prolongado. Si alguno de los presentes en aquella aventura era de los que tienen fobia a los prolongados descensos, muy pronto lo iba a pasar mal. De manera leve al principio nos dirigimos hacia una brusca pendiente, que en forma de larga pedrera, sería la delicia de unos pocos poquísimos, y la pesadilla de algún que otro trasero obstinado en constatar la fuerza y persistencia de la gravedad terrestre, a la vez que las reacciones físicas a los golpes, que se manifestaron al siguiente día en forma de consistentes moratones.

 
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Acabó la pedrera pero no el descenso, una pista continuaría su declive hasta dejarnos en el lecho del Río Monlleó, por fortuna para el grupo, ya hacía unos minutos que la lluvia nos había dado tregua; aprovechamos entonces la ocasión para reponer energías perdidas. Naranjas, jamón, quesos, también de los de comer, galletas, longaniza seca, latas de comida precocinada, manzanas y otras sorpresas de la alta gastronomía de montaña fueron exhibidas y degustadas a la vera del Monlleó.

Y con tenue lluvia proseguimos rumbo al primer vadeo del río, a pie descubierto, al menos de bota. Chanclas de todos los estilos y colores sustituyeron a las botas en nuestros pies, y todos pudimos comprobar que el agua fría, muy fría aviva la circulación al tiempo que encoge los… Por fortuna para los miembros masculinos de la expedición el agua no llegó más allá de nuestros gemelos. A diferencia de otros vadeos anteriores no hubo que ¿lamentar? Caída alguna, y fueron cinco los encontronazos con las aguas del Monlleó que tuvimos que superar, comprobando que en el último paso o bien el agua estaba más caliente o bien nuestras amoratadas piernas mas insensibles…

 
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Y aunque todavía no era de noche, una estrella nos vino a sorprender, una que estaba al pie de montañas notorias, una que en un tiempo gozó de vida, una que por causa de torrentera desbocada la perdió, una que nos acogió en aquel final de la primera jornada andarina. El santuario de la Virgen de La Estrella, de la mano de uno de sus dos moradores continuos, nos abrió sus puertas y nos dio su bienvenida. Habíamos llegado al recóndito lugar del que se cuentan historias oficiales y oficiosas, ambas con un ligero tinte oscuro, allí pasaríamos la noche, con cena, re cena y post cena, a modo de bocadillos la primera, de cremaet la segunda y de una magnifica tocada de castañas la tercera, sí como suena.

Si el casero del santuario nos dio la bienvenida, ahora ya entrada la noche, era la agradable casera quien nos despedía hacia nuestro descanso nocturno a toque de castañas, con ágiles movimientos de dedos y ante la sorprendida audiencia de quienes allí estábamos comenzó a chasquear tres piedras planas entre si, y la última de ellas con otra piedra plana en su mano opuesta, estas castañuelas pusieron fin a nuestro noctivaguismo sabático.

 
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La noche cambiaba de sentido para nosotros, el relajo era lo que se perseguía acostados en aquellos colchones y en aquellas antediluvianas literas. Pero el descanso no está garantizado en camastros ajenos, al menos la primera noche, lo inevitable vino a suceder, las horas pasaban lentas para los insomnes, y ágiles para los que estaban desde el minuto uno en manos de Morfeo, que como siempre, eran los abonados incondicionales al ronquido perpetuo… ¡Dios, baja y mátame! Esta expresión culmina y resume el anhelo de algunos de los desesperados presentes. Me consta que también las féminas tuvieron en su habitáculo algunos problemas similares ¡Caracoles, aquí no hay quien duerma! Supuesta expresión, yo no estaba con ellas.

Rápidos a por el desayuno, deseosos de olvidar la agitada noche, nos calzamos las botas y calcetines húmedos del día anterior y nos despedimos de uno de los anfitriones marchando hacia nuestro objetivo del domingo 17. A pesar de las primeras nubes pardas del comienzo de la mañana el sol nos acompañaría en esta ocasión. Pasamos sobre la escombrera que un día fueron casas, y que ahora queda como testimonio del desastre, para dejar aquella Estrella tranquila en su firmamento pétreo.

 
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La vuelta a Villafranca podía ser fácil o complicada, tres insensatos y un imprudente, o viceversa, optaron por el camino duro; el resto del grupo les despidió y sin perder altitud prosiguió su cómoda aunque larga ascensión por pista forestal. Nuestro incauto cuarteto tuvo que bajar primero hasta situarse en la confluencia del río Monlleó con el barranco de los Frailes, y desde allí, sin ningún camino marcado que seguir, remontar el antedicho barranc dels frares siguiendo por la base de una faja o pared hasta llegar a una pedrera, pedrera que pondría el duro colofón a aquel plan que devolvió a los insensatos de vuelta al redil de los prudentes. Ahora ya todos continuaríamos por la pista de vuelta a la franca villa.

La altiplanicie precursora a nuestro desenlace, jalonada de innumerables construcciones en piedra seca, sin ningún tipo de argamasa, ponía de manifiesto la colosal obra de aquellos antepasados que de forma manual construyeron kilómetros de muros delimitadores y refugios pastoriles. Todo aquel pretérito mundo se encontraba ahora con la actualidad eólica cara a cara, modernos molinos jugaban y aprovechaban el viento del que antaño se guardaron los lugareños en aquellas significativas construcciones.

 
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El viento empuja, pero el hambre mucho más, así que antes de lo previsto llegamos a Villafranca y tomamos al asalto unas cuantas mesas de un, ahora sí, magnifico bar de la localidad, dimos buena muestra de nuestro apetito y los doce que habíamos sido, concluimos el día y con el día nuestro calendario de actividades…

Ver : imagenes del día

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