UN, DOS, TRES, ¡MUEVE LOS PIES!


Seguramente no es lo más acertado viajar hacia el sur en los meses de “la caló”, como dicen allá en Andalucía, pero si uno quiere subir a la montaña más alta de la Península Ibérica, y no tiene otro mes que el de agosto para intentarlo, no hay más remedio que adquirir un buen protector solar y una indispensable “camel bag” y con todo ello, y bastantes cosas más, desplazarse hasta tierras granadinas. Allí está el Mulhacén con sus 3482 metros, allí pues, nuestro objetivo de este verano 2010.
La preparación de los que íbamos a intentar la ascensión no fue la ideal, casi todos los componentes pasamos por algún impedimento a la hora de la correcta puesta a punto. Por falta de tiempo, por enfermedad, por lesión, por dejadez… entre unas cosa y otras, la ascensión se ponía más cuesta arriaba de lo que ya era de por sí.
Desde Burriana salimos cinco socios del CEB en dirección a la Alpujarra Granadina, concretamente hacia Capileira, lugar escogido para el inicio de la ascensión al Mulhacén. El ataque a la cima, quedaría pospuesto para dos días después, 9 de agosto. Tras una primera noche en la Alpujarra, nuestra siguiente escala sería el refugio de Poqueira, situado a 2500 metros. Salvado el desnivel de esa primera jornada llegamos al refugio sin mayor novedad que el cansancio acumulado y la certeza de que este hubiera sido mucho mayor si el sol se hubiera dejado ver en su plenitud. Aunque tuvimos suerte en ese sentido, algunos torpes (ellos, ellas no) llegamos con quemaduras que se harían poco a poco más evidentes sobre nuestra piel. Factores treinta y cincuenta quedaron, una vez más, en la mochila…
Casi mil metros nos separaban del objetivo final aquel día del ataque. Siguiendo el rio Poqueira, que allí arriba toma el nombre de Rio Mulhacén, comenzamos a remontar en lenta pero constante ascensión en dirección al refugio-vivac de la Caldera, situado a 3065 metros de altitud, la mayoría de los partícipes habían alcanzado para entonces su cota más alta como senderistas.
Diferentes neveros quedaron atrás cuando, después de reponer fuerzas en el refugio de la Caldera, comenzamos la ascensión final hasta la cima, esta sería alcanzada por la cresta más próxima al sentido de la marcha, descartando la senda menos exigente que serpentea por la loma del Mulhacén. Alcanzando uno de sus cuellos apareció frente a nosotros la inmensidad de la cara norte de Sierra Nevada, sin duda fue uno de los momentos cumbre de aquella subida. Un momento multiorgásmico, según nos vaticinó uno de los guardas del parque.
Lo que nos quedaba hasta la cima, siguiendo la cresta, constituiría el tramo más duro, no sé cuantos latidos de corazón por un solo paso, y el paso corto por supuesto… Pero llegamos (ellas primero, ellos a continuación). Los pequeños esfuerzos en aquella altitud y sin apenas aclimatación se pagan con fatiga notable; al menos yo, después de una varicela y con una bronquitis a cuestas, así lo sentía.
Tras las fotos, el gozo de la meta conseguida, llamadas telefónicas (¡sí, hay cobertura!) pusimos rumbo de vuelta al refugio de Poqueira. La intención era pasar sobre el paraje conocido por “Siete Lagunas” para desde lo alto valorar su visita o continuar hasta Poqueira… Pero mientras uno de los guías se cegaba siguiendo el GPS, el otro se despistaba obviando el mapa. Para cuando se descubrió el error que nos alejaba de Siete Lagunas, sin llegar a verlas, el descenso ya era demasiado para pensar en remontarlo. Así pues y tras unos minutos tensos, “ni pa ti, ni pa mi” se optó por la bajada directa y brutal hacia el lejano refugio, sin tener en cuenta ni el mapa ni el GPS… El descenso fue duro, fue cansino, fue agotador, y para lo único que sirvió es para que nos felicitaran por haber abierto una nueva “senda” en Sierra Nevada, con el exotismo añadido de que esta senda estaba jalonada por restos de accidentes aéreos.
Al día siguiente con el buen sabor de boca por lo conseguido, desandamos lo andado el primer día. Primero la acequia alta, luego la baja, un tramo de bosque y al fin Capileira. ¡Y para celebrarlo jarra en la Alpujarra, de cerveza!
A estos días de ascensión, siguieron otros de placer en la capital Granadina… pero eso es otra historia.
Ver: Imágenes Mulhacén
Dos de nuestros socios más veteranos se fueron de prácticas este verano a la montaña ¡“Alta montaña”!
Los Picos de Europa estuvieron a su alcance durante cuatro días.
Desde Puente Poncebos (250 m. de altitud), su primera salida fue, la subida a los invernales de Ondon (1400 m. de altitud) desde donde se puede ver todo el Mazizo Central y la impresionante mole del Picú Urriellu (Naranjo de Bulnes), si el tiempo y las nieblas te lo permiten claro ¡y nunca mejor dicho!
El segundo día, cargando con las mochilas para tres jornadas de marcha, comenzó la subida hacia Bulnes, y desde allí siguiendo la antigua senda que va al refugio Urriellu, pasando por la cascada de Mestas, la senda se adentra en el Canal de Balcosín y a continuación, el Canal de Camburero, terminando en una larga y ardua pedrera, o empinado camino de piedras sueltas, según algunos, que no tenía fin o eso parecía, pero al final de la misma, y después de un pequeño trepe y un destrepe, aparece el tan ansiado refugio al pie del impresionante Picú Urriellu (Naranjo de Bulnes, 1950 m. de altitud). Y el maravilloso sueño de una refrescante ducha, se quedó en eso, pues por problemas técnicos (unos dicen que de agua y otros que de desagüe) solo fue un sueño, y todo el que llegaba se tenía que “apañar” con un grifo-fuente que había en el exterior.
El tercer día, después de un merecido descanso. Se adentran, sin prisas y disfrutando del buen tiempo que hace, en el corazón del Macizo Central, donde se pueden ver las manadas de rebecos paciendo tranquilos y descansando sobre la nieve que todavía persiste en esta zona.
El último día, la idea era madrugar y hacer la vuelta a Bulnes por Pandébano, la niebla fue la primera sorpresa, pues era tan espesa que no dejaba ver ni los propios pies. La segunda, fue ver dos preciosas salamandras paseando tranquilas por la orilla de la senda. Al paso por los pastizales de Pandébano, se oían los cencerros y los mugidos de las vacas, pero no se veían hasta que no se tenían sus traseros delante de las narices. Al llegar a Bulnes el tiempo había mejorado y se pudo bajar a Puente Poncebos sin más problemas.
Y ESTE ES EL FINAL DE LA AVENTURA…
Dos fases, dos días, dos grupos distintos, pero dos sustos idénticos aunque con diferentes afectados. ¿Recordáis aquella cancioncilla… dónde están las llaves matarile rile rile…? La letrilla de esta inocente canción acababa diciendo que en el fondo del mar se encontrarían. ¡Pues no! Y es que el sábado al acabar con la primera de las marchas, alguien dijo ¿Dónde están las llaves del coche?, ¿Dónde las has puesto cariño? (¡Ummmm que bonito!, la tormenta es inminente) de inmediato comenzó una búsqueda, en creciente acaloramiento, que poco a poco iba involucrando a más gente y acabando con casi toda muestra de romanticismo de verano. Al borde del ataque y/o infarto del suyocardio, alguien no involucrado emocionalmente, más sereno, y después de emplearse a conciencia, dijo ¡aquí están, las tengo!… Y os aseguro que en Alcalá de la Selva no hay mar, pero sí mochilas con un importante fondo.
Anterior a la primera aventura de “las llaves escurridizas”, y ojo que esto es un preocupante caso que ya nos ha sacudido varis veces, hubo un magnífico día de senderismo por extensas y tupidas praderas multicolores, que a ratos cedían el paso a zonas de pastos, a bonitos y densos pinares, al río Alfambra… Éste, que medianamente dócil a nuestro caminar se dejó remontar sin demasiada oposición, sería dejado atrás cuando ya desde lo alto de una faja, comenzamos el descenso hacia nuestro punto de salida. De allí al camping donde hicimos noche fue un suspiro.
Qué duda cabe que las triunfadoras en aquel acampadero fueron las tiendas de montaje rápido o súper rápido, según la maña de cada cual, de cierta marca comercial establecida con fuerza en Castellón. Se pudo dormir en ellas, se desmontaron casi con tanta celeridad como se desplegaron. ¡El día segundo comenzaba!
Nuevos aventureros llegaron y otros se fueron, el grupo que se formó, puso pie a tierra en el mirador de San Rafael, allí comenzó la segunda de las jornadas programadas para esta última aventura veraniega del Centro Excursionista de Burriana. La dureza de la marcha no fue tanta como la de la víspera, aún con ello, hubo exigencia moderada para alcanzar el alto de La Olmedilla. Después de la ineludible sesión fotográfica, comenzaría un interesante y prolongado descenso hasta encontrar la refrescante cascada de la Hiedra.
Durante el camino, unos mudos, estirados, cabezones y altísimos invitados, coronados con una preocupante blancura, fueron dejando atrás su timidez mañanera a la vez que cambiaron de color y ganaron en sonoridad… Una tormenta de verano se acercaba. ¡Y justo en el tramo final, y justo en la parte dura del trazado!…
Hubo agua para todos ¡si Camps hubiera estado allí!… El que la evitó en la cascada próxima a Fuen Narices, por las mismas, topó con ella y con el granizo que la acompañaba, durante el tramo de subida hacia el mirador del mentado arcángel. Milagrosamente todos llegamos sanos pero mojados…
Y entonces cual último trueno ensordecedor, alguien dijo !!!DÓNDE ESTÁN LAS LLAVES!!! Y la historia volvió a repetirse. Y hubo acaloramiento, congoja, impotencia… Y a muchos quilómetros de allí, ya en Burriana, aparecieron las llaves…
¡Ya ves tú!
Ver: Imágenes del día
Cortes de Pallás, que no Cortes de Arenoso, como no se quien se inventó… Lo bonito, su agreste muela, la presa… Lo no tan bonito, la distancia en automóvil desde Burriana.
El visionado de diferentes muelas, con sus verticalidades a prueba de insensatos y la entrada al pueblo sobre un puente que luego se convierte en túnel, auguraban una entretenida y bella marcha de medio día.
El grupo se encaminó directo hacia unas paredes, a modo de murallones naturales, que desde la distancia parecían no iban a ceder al paso de ningún senderista inquieto. Afortunadamente, antes que los senderistas actuales, lugareños de otros tiempos, forzados por el hambre o por el señor Barón, o ambos al unísono, no tuvieron otra que encaramarse a lo alto de la muela para conseguir espacio plano donde sembrar.
Aquellos, con azadas y burritos, nosotros alzados cual borricos seguimos el empedrado y serpenteante camino que los labriegos supieron trazar acariciando la roca. Una vez arriba, quien esperaba encontrarse cara a cara con el azul del agua de la impresionante balsa superior del embalse de Cortes, se quedó con las ganas de ello, y no tuvo otra que imaginarse el gran volumen de agua que por la noche es elevada hasta allí, para, durante el día, precipitarse hacia las turbinas inferiores y producir con ello electricidad. La imaginación empleada tenía que ser tan grande como el muro y las alambradas que se alzaban en aquel altiplano sin dejar ver qué escondían.
Tal cual subimos, obviamente, hubo que descender, pero por aquello de no repetir, el descenso tuvo lugar por otra de las paredes que delimitan la muela. Superado el vértigo y el temor al resbalón, se llegó a una zona de recreo con cascada incluida (cascada de agua, entiéndase).
Comidos y bebidos llegamos, sin más novedad que unas pocas gotas de lluvia sobre nuestros cogotes, a Cortes de Pallás, y desde allí, esta vez sí, repitiendo camino, nuevamente hacia Burriana.
Ver: Imágenes del día
Yo, que no he estado allí con vosotros, me arriesgo a decir…
QUE BONITO HA SIDO TODO. PRIMAVERAL Y SOLEADO DIA ACOMPAÑADO POR EL DULCE TRINAR DE PAJARILLOS VOLANDO EN DESPEJADO CIELO… AAAAAH!
Y tú, que si que has estado allí, quedas invitado a añadir algún comentario a este idílico comienzo de crónica…
¡Ale, cosa vuestra pues!
Tan larga la crónica como queráis… ¡Eso sí, con buena letra!
Ver: Imágenes del día
-¡Ah! ¿Quién tiene la luz?… ¡luz por favor, algo me está tocando!
-¡Ya voy, ya voy!
A pesar de encontrarse en la parte subterránea de una vieja trinchera, la situación no era de guerra. El equipamiento del grupo escasísimo en aquél lance, tampoco era el adecuado para adentrarse en el “centro de la tierra”, linternas pocas, protección ninguna. ¿Qué se podrían encontrar? Pronto comenzarían a saberlo, justo cuando fueran engullidos por aquella oscuridad se darían cuenta de dónde se habían metido.
-¡Tranquilidad no hay que ponerse nerviosos!
-¡Ah, mosquitos son mosquitos… aaah! ¡Vámonos de aquí, salgamos de esta mierda de agujero, tengo pánico a los insectos!
Realmente la muchacha estaba alterada en aquel ambiente reducido y oscuro, a la persecución sometida por varios insectos voladores, había que sumar las “caricias” en la oscuridad que propinaban sin demasiado mimo, las raíces de árboles que colgaban del techo. Sin luz y con una histeria yendo a mayores, los roces representaban para aquella imaginación desbordada y acongojada, la bandada de mosquitos más despiadados que jamás poblaron la faz terrestre… Quién le iba a hacer ver, sin linterna además, que no estábamos en la faz, sino en la hipodermis de la tierra ¡luego era imposible que fueran mosquitos asesinos de Dios sabe que selva tropical!…
De cuando en cuando las apocadas luces de las dos “luminarias” que portaban, indicaban el camino a seguir o el objeto a esquivar. El ocasional reportero gráfico, o camarógrafo como dicen en Suramérica, disparaba el flas de su máquina para inmortalizar no se sabe bien qué, eran fotos lanzadas a la oscuridad.
-¡Y una mierda, yo por ahí no paso!… Eso está caído y hay un hueco demasiado estrecho, si me arrastro me voy a pringar de tierra y a destrozas las rodillas…
-¡Va cagao, tira palante, que ya han pasado dos!
El amarillo de su vestimenta, después de arrastrarse por aquel semiderruido suelo, lógicamente iba a cambiar de color, aún así pasó por él sin que sus rodillas quedaran esparcidas más atrás. Luego pasaron otros y dejaron para el recuerdo la primera de las pequeñas galerías que comunicaba dos puntos de una misma línea defensiva. Junto con aquel primer túnel, quedo nuevamente tranquilo un extraño morador de la oscuridad, extraño sin su charca.
-¿Has visto? mira que rana hay ahí…
-¿Eso es una rana o un sapito?
La conversación que comenzaba, referida al paralizado batracio, podría haber dado más de sí de no haber sido por la insistente petición de luz de aquellos, que más adelante o más atrás, avanzaban en busca de la luz definitiva que les recordara que todavía era de día.
El paso del tiempo, durante aquellos instantes, fue más subjetivo que nunca. Para algunos aquello fue cuestión de breves minutos, hubo quien repitió tournée, para otros fue parecido a un parto doloroso y eterno… Fuera o no eterno, lo cierto es que hubo final feliz y la madre tierra dio a luz a todos los que se adentraron en ella.
Si hubieras venido conocerías sin que yo te lo contara, el resto de lo acontecido aquel día. Espectacular caída sin excesivas consecuencias, un alto de Pipa ofreciendo buenas vistas del entorno, cervecita de rigor frente a las grutas… ¡ah! y calor, mucho calor… ¡Tendrías que haber estado allí!
Hasta pronto
Ver: Imágenes del día
En esta ocasión comenzaré del revés, sin que ello signifique que estoy cabeza abajo…
Precisamente de esto quería hablar en un primer lance, de las cabezas cuando quedan por debajo de su nivel habitual de sustentación y/o colocación más normal. No maquine tu cerebro escabrosidad alguna, no hay sangre en esta historia. Concretando, tanto se acercó el cántaro a la fuente que…
No sabemos con certeza si primero falló la mano sobre la losa mojada, los pies sobre el húmedo suelo, o fue la gravitación universal la que se apoderó, bruscamente y sin previo aviso, del morrillo bebedor que en ese momento se acercaba cauto y sigiloso al refrescante caño. La única certeza constatada fue la de una cara semisumergida en la fresca fuente, un lamparón considerable limitado a un costado del tronco superior y un peinado entre lo pank o lo beatle después de un sudoroso concierto…
Afortunadamente la cosa no fue a mayores para el ínclito afectado. En cuanto a los asistentes involuntarios al espectáculo, se produjo en ellos tal reacción, que ni el agotado vino de aguja la hubiera conseguido. A saber, y por orden: Estupefacción, risitas, risotadas, soltura de lenguas y perplejidad…
En el fondo de sus corazones, me atrevo a decir, que todos mostraron agradecimiento a tal aporte de vitalidad y regocijo común en aquella “Font dels Solés”
¡Menuda pandilla de…!
En cuanto al resto del día transcurrió sin grandes sobresaltos. Que si unas cabritas en un corral, que si otras cabritas allá sueltas en la montaña… ¡Joder con la Vía ferrata! Uff ¿has visto el puente colgante allá arriba?… Que si unas casitas en piedra seca, una rampa cañera, otra; un largo y colorido barranco, un poblado íbero, el futuro aeropuerto, las islas columbretes… Y para acabar, aquel día fue para comenzar, el afamado “Roure Valenciá” (Quercus Valentina) reportado por el no menos famoso botánico Cavanilles.
…Y todo ello aderezado con un molesto vientecito a ocho grados de temperatura ¡Y yo con pantalones cortos, mierda!
Ver: Imágenes del día
Cincuenta asientos para diecinueve culos… Evidentemente no hubo problema alguno a la hora de aposentar caderas a discreción en aquel autocar rumbo a Vallibona. Si no has estado allí, pudiera decirse de este pueblecito de interior que es de esos “dejados de la mano de Dios”. Una única carretera estrecha en sus primeros y sinuosos quilómetros, comienza a bajar hasta llegar al lecho fluvial donde se sitúa la población. Dejada la carretera y el bus, era el momento del almuerzo, unos encontraron el pequeño bar de la localidad, y a contra reloj comenzaron la ingesta de alimentos que otros, cerca de una fuente, también se apresuraban a deglutir. A penas media hora después, el grupo se puso en movimiento.
Se nos había dicho que subir sería una constante en la primera parte del trayecto hacia el santuario de la Vallivana, y no se nos mintió. Se nos dijo que ochocientos serían los metros de desnivel acumulado, y no se nos mintió. Todos nos dijimos que nos mojaría algún chubasco pendenciero y aunque por poco, nos mentimos. La subida constante, pero suave, nos dejó a los pies del Turmell, una de las cimas señeras de la comarca de “Els Ports”, y fue llegando a este punto cuando el tiempo comenzó a cambiar. Algo de viento frio y algunos nubarrones nos recibieron allá arriba, pero el encuentro no pasó de ser un efusivo saludo por parte de ambos elementos, sin llegar a más altas cotas de intimidad con los que allí estábamos.
Después de la comida, de las fotos de grupo, de los cafés y de las galletitas, de la bota de vino, del licor… en fin, después de haber acumulado el doble de calorías que habíamos
consumido en el ascenso, tocaba, por aquello de causa y efecto, todo lo que sube baja… tocaba, digo, continuar camino descendente hacia nuestro final de trayecto. Para ello tuvimos que recorrer un bonito barranco de pedrera descendente, que hizo las delicias de los menos y las angustias de los más, pero pasamos por ello y seguimos. Luego topamos con un astado de cuernos puntiagudos y de rictus impertérrito… en ese momento había que decidir, sin dilación, entre acercarse a unas infestadas colmenas o enfrentarse al astado bicho, con decisión y arrojo optamos por lo segundo, sin que el animalito dijera ni mu ¡¡¡y eso que Manolo lo agarró por los cuernos!!! “Corred que huele” dijo el osado torero, cosa por otra parte del todo normal cuando de una descomposición se trata, ¿la del torero?, no hombre no, la del bicho.
Superado este escoyo junto con el de una llovizna escasa y pasajera, el santuario de la Vallivana estaba allí para darnos la bienvenida… bueno estaba allí desde hace mucho tiempo y no solo para darnos la bienvenida. Hechas las correspondientes presentaciones ¡hola santuario! ¡hola CEB! que si bla, bla, bla, que si esto que si lo otro… sorbida alguna cerveza
reparadora y fotografiado el lugar, dimos por concluido nuestro periplo por aquella zona próxima a Morella. No hubo tiempo para intimar con “Valli”, sin derramamiento de lágrimas fue la despedida, fácil y favorecedora de un futuro reencuentro…
Besos y hasta pronto, bonita.
Ver: Imágenes del día
La persistente lluvia que durante este año se hace notar un día sí y muy pocos no, estuvo a punto de echar abajo la primera y más sencilla de las caminatas de este segundo trimestre tras el parón pascuero.
Quien más quien menos, llegamos a pensar que caminar y mojarnos sería todo uno, hubo quien telefónicamente ya se apeó de la aventura días antes, también la víspera anterior e incluso a una hora del inicio; aún así los que quedamos, nos pusimos en marcha hacia el lugar del desarrollo de esta cómoda caminata dominical. De camino hacia Gaibiel, la carretera nos iría indicando la presencia del húmedo meteoro, que si… ”¡Aquí no ha llovido, mira que la carretera está seca!” también… “¡huy, pues ya chispea eh!” para quilómetros después… “¡joder menuda tromba está cayendo!”. Aún con todo, la comitiva automovilística continuó hasta su llegada a puerto, casi de mar.
Gaibiel, a las nueve de la mañana, amaneció mojada y tomada por nubes bajas y densas; era el momento de decidir entre prevenirnos ya contra la más que probable lluvia o seguir con la muda escogida para ambiente semiseco. Algunos se enfundaron en sus chubasqueros, de cintura para arriba unos, de cintura para abajo otros… y algunos más, optaron por “verlas llegar”
Y comenzó la marcha, y a medida que nos adentrábamos por sendas estrechas, las menos, perneras y botas cambiaban su porcentaje de humedad relativa en función del agua que absorbían del roce con la empapada vegetación. Con el cien por cien de botas empapadas por su cara exterior ¡bendito Gore-Tex! no hubo necesidad de buscar cubierta alguna para el resto del cuerpo, pues ese cielo en desplome, parecía agarrarse a una nada superior y quedar de tal manera asido, que allá abajo, aquellos que caminábamos íbamos perdiendo congoja por momentos.
Tal como estaba previsto la caminata transcurrió sin ninguna incidencia negativa. Por su suavidad y amplitud en las vías recorridas, el parloteo y el relajo se prodigaron hasta su conclusión, nuevamente en la población “Gaibiélica”.
Las próximas marchas ya no darán para tanto relajo. ¿Vendrás?
Ver: Imagenes del día